En un ámbito desértico, una mujer embutida hasta la cintura en un montículo reseco parece dormitar bajo una luz cegadora. Suena un primer timbre y la mujer despierta. ¿Es un llamado a escena o el despertar a un nuevo día? En principio, el espectador ve a una dama de mediana edad, prisionera de un páramo e intentando rearmar con insólito buen humor una cotidianidad perdida. Sobrelleva su incómoda situación inventariando palabras y recuerdos. Escapa así de la violencia de un presente que la consume. La protagonista, Winnie, a través de un ritual de gestos cotidianos, encuentra siempre motivos, por insignificantes que sean, para considerar sus "días felices". Winnie, enterrada hasta el pecho en un montículo calcinado, vive en un desierto de calor extremo, sin vida alrededor. Su marido está con ella, oculto en un agujero del que solo puede salir arrastrándose torpemente. Y aun asi no deja de repetir lo feliz que está. Y lo dice sin ninguna ironía, pues posee la facultad de aprovechar cualquier motivo para no estar ociosa ni un instante. En esta situación extrema, en la que solo puede mover los brazos y la cabeza, Winnie procura que sus días transcurran en una plácida felicidad. Para ello oficia algunos rituales cotidianos, como peinarse, mirarse en un pequeño espejo o limpiarse los dientes, de manera pausada, tratando de mantenerse ocupada en el transcurso de las largas horas de que consta el día, siempre agradeciendo el más pequeño detalle que le haga sentir que está viva, hablando sin parar, como alucinada, como si cerrar la boca significara estar muerta. El tema central de la obra es el deterioro físico y mental. El rebuscado lenguaje de la protagonista refleja especialmente su pérdida de memoria. El otro personaje de la obra, su esposo Willie, vive obsesionado por el sexo y una postal pornográfica que guarda. Hallándose totalmente separado de su esposa, detrás de su montículo, refleja la ironía situacional de la pieza, pues su deterioro añadido pone de manifiesto la futilidad de los apetitos físicos a los que se aferra. Willie parece que hace tiempo que renunció al mundo y solo existe como por inercia, perdida ya gran parte de su humanidad. Cualquier contestación a una pregunta, siempre de manera breve y banal, a veces con meros monosílabos, es celebrada por Winnie como una confirmación de su felicidad vital. “¿Quieres acariciar mi cara?”, le preguntará anhelante al marido enfermo, que en uno de los tramos finales de la obra se arrastra intentando alcanzar el revólver depositado sobre el macizo reseco, muy cerca de la mujer que, enraizada hasta el cuello y con la angustia royéndole el cuerpo, no puede alcanzar. Esta célebre pieza de Samuel Beckett fue estrenada en Nueva York en 1961 y dos años más tarde en París. "Los días felices" es una obra teatral angustiosa, concebida para que el espectador se sienta incómodo desde el primer momento con lo que observa. La protagonista se aferra a la existencia, cualquier excusa es válida para ello, pero la cruda realidad va imponiéndose poco a poco. Beckett no es un moralista y deja que el espectador saque sus propias conclusiones, que no van a ser gratas en ningún caso.
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jueves 7 de julio de 2011
Los días felices de Samuel Beckett por Patricia Rozema
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