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domingo, 12 de agosto de 2007

Trópico of Cáncer de Henry Miller por Joseph Strick (1970)



Trópico de Cáncer, publicado por primera vez en París en 1934, debido a la censura no vio la luz en Estados Unidos hasta 1961, después de más de sesenta juicios. Considerada por buena parte de la crítica como la mejor de sus obras, en su primera novela se sitúa Miller en la estela de Walt Whitman y Thoreau para crear un monólogo en el que el autor hace un inolvidable repaso de su estancia en París en los primeros años de la década de 1930, centrada tanto en sus experiencias sexuales como en sus juicios sobre el comportamiento humano. Para encontrarse con su destino Miller abandonó su patria y dejó atrás una larga lista de empleos que nunca le satisficieron, una hija y una familia de la que ponía distancia. Pero en su maleta empacó para llevar consigo sus recuerdos, la nitidez de las sensaciones y la brillantez de los argumentos que le hicieron rechazar ese modo de vida, que le hicieron comprender que debía preocuparse por la comida justo en el momento de experimentar hambre y no antes. Dejó de preocuparse por el mañana con tal de tener un techo y una máquina de escribir para ejercer hoy su oficio de escritor, naturaleza que no apareció en él, como sucede a menudo, cuando se publica, cuando la crítica admite la obra del escritor. No, la condición de escritor de Henry Miller se manifestó cuando comenzó a escribir y tuvo la certeza de que ése, y no otro, era su oficio y destino. Miller llegó a París en 1930, a los 40 años, sin dinero, sin trabajo, ansiando ser el escritor de un solo libro —del último libro—, el que enterraría a todos los demás porque después de su testimonio sangrante ya no habría nada que decir. De hecho, Trópico de Cáncer es un libro que se narra a sí mismo porque es el estrepitoso relato de su propia creación. Es una cínica autobiografía de la realidad. En París, Miller se añade a una pandilla de escritores holgazanes, artistas chiflados, chulos urgentes y mujeres fatales que se engañan y se necesitan entre sí. Forman un peligrosísimo tropel donde es imposible distinguir porque todos son pícaros y flagelantes. El libro cuenta, entonces, las correrías y aventuras de un bohemio norteamericano en el París de los años 30 del pasado siglo. Aventuras sexuales (sin escatimar sustantivos y adjetivos), andanzas literarias, tropezones alcohólicos, supervivencias vitales, pobreza, tristeza, gorronería, nostalgia, desamor, personajes inefables, personajes previsibles, amor y vino. Todo bajo la capa de una prosa fácil, limpia (aunque parezca lo contrario por sus sustantivos), y una carga profunda de sentimiento de libertad y de crítica a un país -el suyo, EE.UU.- que aunque le proponga la vida tranquila, el amor dejado, la seguridad monetaria, lo cambia todo eso, por un simple beso de una prostituta de París. Por hoteles de mugre y tisis, por parques donde duerme como un perro, Miller lleva los originales de su libro. No hay aquí modo de separar la vida de la obra, y este es el asalto que el neoyorquino vagabundo gana por knock out a los naturalistas del siglo XIX, tan complacidos en su retratismo de los bajos fondos. Aquellos escribían con guantes de goma para no tocar la pobredumbre, y sus libros huelen al formol puritano del patólogo. (Como a los falsos amores, a los naturalistas los mata la distancia.) En cambio, en Trópico de Cáncer, autor y libro son una moneda de una sola cara. Escrito con pasión y rabia desmedidas, Trópico de Cáncer, es la descripción de esta estancia en Paris donde, viviendo como vagabundo, descubrió por qué la ciudad del Sena atrae a los torturados, a los alucinados, a los grandes maniacos del amor. Y nos lo describe con una elocuencia que muy pocas plumas poseen. Nos relata por qué en París se pueden abrazar las teorías más fantásticas sin que parezcan extrañas. Una ciudad donde todo adquiere un nuevo significado y los límites se desvanecen. Una majestuosa obra contada por una persona que llegó a dormir junto a los perros hambrientos debajo de algún bello puente a las verdes orillas del río Sena. Trópico de Cáncer descubre ante el lector por que Henry Miller es considerado uno de los mas grandes de la literatura contemporánea. Esta obra, construida a través de las vivencias del autor, nos va llevando a los recodos íntimos de su estancia parisina, sus fantasmas, sus creencias, sus deseos mas abyectos y también a toda una filosofía o mas bien una radiografía de la sociedad decadente de las primeras décadas del siglo XX. Todo con una gran veta de humor negro, idealismo rebelde, caos vivencial y bohemia. La historia vibra con una larga lista de ejemplos de cómo desde la locura, los excesos, las renuncias, el placer o el sufrimiento, se han gestado las mejores obras de arte de la humanidad. Pero, además, la misma historia nos enseña que tales obras se han concebido en primer término para y por el placer de quienes las escriben, aquellos espíritus que se han permitido el gozo personal de crearlas sin que les haya importado el compartirlas o no. Debemos considerar que, como sucede a menudo con nuestra propia vida, para lograr capturar con nitidez los recuerdos, el mejor camino es poner distancia de ellos. Ese despiadado retrato que Miller ofrece de la familia, del amor, del éxito, de la prosperidad, de la competencia y de todos aquellos valores tan preciados para los estadounidenses, no accidentalmente fue concebido fuera de su país. Se lamenta, sí, su indiferencia casi animal por el sufrimiento de la gente, por la injusticia, ya que el libro está roído por un nihilismo ácido. Además, cansan sus divagaciones «metafísicas», que nos dan páginas redondas —o sea, sin pies ni cabeza—. Aun así, el libro mantiene la energía y el humor de sal gruesa que hacen de Henry Miller un nieto marrullero del Arcipreste de Hita, admirable, tonsurado y gozador.

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