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lunes, 10 de septiembre de 2007

Mayo de 1968: Seamos realistas, pidamos lo imposible



Si la revuelta del 68 fue una sorpresa para todos, incluso para sus gestores, es importante preguntarse por qué. Y la respuesta no está en los problemas de la administración universitaria, ni en el descontento de los obreros. Lo novedoso fueron las motivaciones de los protagonistas: el deseo de cambiar la forma de vivir en este mundo. Hacer una sociedad de personas libres y plenamente desarrolladas, una utopía que por primera vez (y hasta ahora única, salvo que se consideren las comunas de los hippies californianos) alcanzó resonancia como movimiento social. Si bien los discursos y las demandas hablaban de Vietnam, de la universidad, del antimperialismo, basta echar un vistazo a los graffitis y a las declaraciones de los dirigentes para ver que se apuntaba a un sueño fuertemente utópico, a una mutación casi en la forma de vivir en sociedad. Es poco probable que un movimiento como el del 68 se vuelva a repetir. Podrán haber rebeliones, podrán haber revoluciones, pero un movimiento cuya motivación sea al mismo tiempo "cambiar la vida", romper las fronteras entre el arte, la ciencias, la vida cotidiana, entre la política y el amor, entre el que trabaja y el que estudia, un movimiento que busque reclamar para el hombre todo aquello de lo que la sociedad lo ha ido despojando, y crear un sistema en que cada quien pueda desarrollarse de manera completa, en todas sus capacidades, con libertad y alegría... es dudoso que vuelva a verse. Porque las circunstancias excepcionales en las que se dio no se repetirán. Porque con su fracaso pocos están dispuestos a asociar un proyecto de reforma social con un sueño de cambio profundo de las relaciones humanas. Porque quedó en evidencia que la utopía estaba mucho, mucho más lejos de la realidad que lo que los más pesimistas habían supuesto.

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